China, Occidente y el encuentro con el “otro”

Columna de opinión para el programa “Efecto China” de Radio Cooperativa. China, occidente y el encuentro con el “otro”. Por: Fernando Reyes Matta, director Centro de Estudios Latinoamericanos sobre China (CELC) Universidad Andrés Bello; Ignacio Araya Heredia, Cientista Político, Universidad Diego Portales, doctor en Relaciones Internacionales, Central China Normal University.

En la cuarta sesión de la XIII Asamblea Popular Nacional el Consejero de Estado y Ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, durante una conferencia de prensa sobre la Política Exterior de China y sus relaciones con el exterior, debió responder sobre si el ascenso de China provocaría una competencia de ideologías y contradicciones de sistemas con Occidente.

En su respuesta, el Ministro Wang Yi encaró esa dimensión de los problemas de convivencia mundial pasando al campo de las percepciones entre un ámbito y otro del planeta. Marcó lo que, a su juicio, es convergencia de principios en el vivir en sociedad y entre países en oriente y occidente: “En la cultura china, buscar la armonía sin uniformidad es una filosofía de los virtuosos. En la cultura occidental se valora el respeto como una cualidad de caballero…Todos los seres vivos deben crecer en armonía sin lastimarse unos a otros; y todos los caminos deben avanzar sin interferir unos con otros”.

Es más que interesante ver a un ministro de Relaciones Exteriores rescatar esta dimensión filosófica para abordar una tensión contemporánea creciente. La filosofía de los virtuosos, es traída a escena por Wang Yi, para ponerla en sintonía común con el concepto de respeto al prójimo propio de la cultura occidental. En China, la virtud de respeto al prójimo – que Confucio desarrolló siglos atrás – es denominada en mandarín “仁 ren”. El caracter está formado por dos elementos. El primero, la forma abreviada de persona 人, y 二, el número dos, indicando alteridad, humanidad entre uno y otro.

Desafortunadamente, Confucio nunca dio una definición extendida de esta palabra y el contexto de la época que le tocó vivir tiene una carga historiográfica diferente a la actual. Sin embargo, una fórmula para interpretarla es con la consiga que usamos en occidente, que nace de la filosofía griega, bajo la ética de la reciprocidad, tal como indica la alteridad del caracter “仁 ren”: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Esta misma ley de oro, se manifiesta en la Biblia, en el evangelio según Marcos 12:31, donde Jesús dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Como argumenta Wang Yi, buscar la armonía sin uniformidad significa, en una palabra, asumir la diversidad como acto fundamental para la comprensión del otro. Pero esa diversidad requiere de un prerrequisito clave, la cual es comprender al otro como análogo a mí (concepto de hermenéutica analógica del mexicano Mauricio Beuchot) en las que se crean condiciones para descubrir su humanidad, parafraseando a Francisco Arenas-Dolz en el libro “El otro y el símbolo”.

De esta manera, se promueve la flexibilidad como un elemento clave en la relación con el otro, para enfrentar escenarios complejos cada vez más recurrentes en el mundo. Sin el encuentro con el otro, en el contexto de un mundo multicultural, probablemente, no conoceríamos alternativas de acción o no reforzaríamos las ya vigentes que podrían estar funcionando bien. Esto se aplica tanto desde la individualidad del ser y – más especialmente- al set de posibilidades de acción que los gobiernos tienen para enfrentar problemas sociales y políticos.

En consecuencia, a mayor encuentro con otros – más o menos parecidos – y con una mayor comprensión de la multipertenencia a la que estamos destinados en este mundo, lo que nos queda por desarrollar es el diseño e implementación de escenarios adecuados que permitan analizar los problemas contemporáneos, en armonía con todos los seres vivos. Lo opuesto, y por cierto poco fructífero, es instalarse en el cuestionamiento a la cultura de los pueblos distintos al propio.

Diseño quiere decir instituciones que configuren normas y valores de respeto mutuo, un marco potente al comportamiento individual y social para avanzar por este siglo. Deben ser normas porque establecen reglas, y son valores porque nos entregan el alcance de la significación o la importancia y prioridad de las cosas. Esas normas y valores son las que cabe diseñar y respetar de manera conjunta. Reglamentar sin significar es un acto desprovisto de lo más esencial de nosotros mismos: el ser político que Aristóteles inauguró en la antigüa Grecia. Por eso se requiere la construcción de símbolos compartidos. Significar hoy implica crear instituciones políticas para encontrar soluciones a los problemas compartidos en el mundo. Lo que no cabe es el supuesto del dominio de uno sobre otro en esos significados.

La pandemia que estamos viviendo, y las consecuencias sociales y económicas de ésta, debiese llamarnos a reflexionar en el inevitable, y en cierto modo, deseable encuentro – y no choque – entre pueblos y culturas diferentes en el mundo. La tarea es desarrollar instituciones eficientes para ello, en un marco de gobernanza global que incluya diferentes niveles de diálogo desde lo más local a lo más planetario.

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